Hoy, he querido recuperar este post que escribí hace ya tiempo en otro blog que tuve. Es un post que me gusta mucho y creo que no se debe perder, leedlo, os gustará.
Cuando te propones realizar un evento de esta magnitud te toca escuchar toda clase de comentarios, no todos malos pero algunos un poco desesperanzadores.
Buscando mi límite.
Cuando te propones realizar un evento de esta magnitud te toca escuchar toda clase de comentarios, no todos malos pero algunos un poco desesperanzadores.
Oyes desde el ¿estás loco?, ¿no tienes nada mejor que hacer?, ¿te aburres?, al ¡vamos, tu puedes!, ¡estoy contigo!, si quieres entrenamos juntos...
Esta diversidad te hace plantearte varias cuestiones. ¿Habré hecho bien?, ¿seré capaz de acabar?, ¿no será mucho para mi?. Como veis casi todas negativas, preguntas que te haces a ti mismo a lo largo de todo el entrenamiento y que van minando poco a poco tu moral hasta un punto crítico en el que te planteas si de verdad quieres lanzarte y asumir ese reto personal.
El por qué de esta afición tiene un comienzo bastante simple, la afición de un padre a este deporte y el amor de un servidor al deporte en general. Después, vas conociendo a gente que se empieza a animar y a otros que ya lo estaban y eso ya es el complemento perfecto.
Poco a poco comienzas a darte cuenta que rodar y rodar te hace liberar la mente, no pensar en problemas y preocupaciones, se podría decir que es una vía de escape al mundo que nos rodea.
Y como no, en éste tipo de historias siempre hay deportistas y figuras famosas de las que lees artículos y vivencias personales y que te motivan a lanzarte, a proponerte retos y más retos.
Una de esas figuras es el ultrafondista Josef Ajram, un ídolo se mire por dónde se mire. Su actitud, sus ganas e intensidad a la hora de proponerse retos y de cumplirlos son un ejemplo a seguir. Leer su libro ¿Dónde está el límite?, fue una verdadera fuente de inspiración, una motivación que me hizo ver que el reto era posible, que con entrenamiento y perseverancia se podía conseguir.
Los comienzos siempre son difíciles, pero todo se complica más cuando al ver tu plan de entrenamiento, te das cuenta de que has empezado tarde. Me faltaban dos semanas de entrenamiento, las dos primeras, las de aclimatación, por suerte llevaba ya una base en las piernas.
Como ya he dicho comenzar es complicado, y ponerse a correr todos los días teniendo en cuenta que hay que trabajar y tener algo de vida social, cuesta y mucho.
Así que, después de preguntas sin respuesta, motivaciones y desmotivaciones, y alguna que otra conversación con gente importante, decides ponerte el mono de trabajo y comenzar a entrenar y entrenar.
Y así comenzó todo, allá por finales de Mayo y principios de Junio. Un plan de entrenamiento de 20 semanas, 140 días por delante antes de la gran cita el 30 de Septiembre.
Si soy sincero, he de decir que no he seguido el plan como debería, además de mover los días de descanso a mi antojo, no he hecho series ningún martes, que era el día que tocaban, y ha habido semanas que por circunstancias personales no he podido entrenar tan apenas.
Pero el tiempo pasa y sin darte cuenta te plantas en el día clave y ya no hay vuelta atrás. Llega el momento de poner todo lo que tienes, todo lo que has entrenado los cuatro meses anteriores para lograr el reto.
Así pues, llego el gran día, domingo 30 de Septiembre de 2012. Se me había olvidado mencionar que corro en el club del anteriormente mencionado Josef Ajram, el Team WITL (Where is the limit). Antes de que llegara la hora de la carrera, varios del equipo habíamos quedado para conocernos oficialmente y hacernos alguna que otra foto de equipo.
El día parecía haber amanecido con buen pie, un poco de frío y aire, pero por lo general buen día, perfecto para cumplir retos.
Por fin llego la hora, quedaban apenas cinco minutos para que diera comienzo la carrera, 42 largos kilómetros y 200 duros metros tenía por delante. 900 personas, muchos de ellos profesionales y otros habituales en éste tipo de carreras, estábamos ahí pendientes del pistoletazo de salida, de comenzar a movernos y dejar de pensar si estábamos preparados para terminar.
Siempre he entrenado sólo, y lo reconozco, me gusta esa soledad al correr, ponerme el iPod y lanzarme a devorar kilómetros. Pero ésta carrera era otra cosa, mucha distancia y mucho tiempo, la compañía era esencial, animarse uno a otro era clave. Dio la casualidad de que un compañero de equipo, Javier Sesé, quería hacer un tiempo parecido al mío y decidimos salir juntos.
Comenzamos con un buen ritmo, enclaustrados entre el globo de las 3 horas 45 minutos y el de las 4 horas. Empezamos a quemar zapatilla y pasar kilómetros y kilómetros, hasta que pasamos el kilómetro 21, la media maratón, nos quedaba la mitad, ahora ya lo que nos quedaba era restar kilómetros hasta el 42.
Seguíamos bien, sin dolores ni sobrealiento, hasta que en el kilómetro 28 empecé a notar una ligera molestia en la ingle que posteriormente se convirtió en un dolor muy molesto que me impedía levantar la pierna. Pero había que seguir, a pesar de ir acompañado y de llevar un auricular con música, era inevitable hacerme preguntas mentales de si iba a acabar o me quedaba ahí. Mi padre estuvo en varios kilómetros siguiendome con la moto y en éste kilómetro ya se dio cuenta de que algo no marchaba bien, mis gestos eran de dolor y cuando me miraba se lo confirmaba con el pulgar hacia abajo, pero me animaba a seguir.
Tocaba apretar los dientes, luchar y seguir. Los ánimos de mi señor padre y los de mi compañero de equipo eran suficiente razón para seguir y seguir hasta el final, para no rendirme en el kilómetro 30.
Sin darnos cuenta comenzamos a bajar el ritmo, hasta el punto de que el globo de las 4 horas nos alcanzó. Nos unimos a sus ánimos durante dos largos kilómetros, estábamos ya por el kilómetro 38, tan solo nos quedaban 4 kilómetros más y los 200 metros finales. Comenzamos a apretar un poco más poco a poco, hasta que conseguimos dejar atrás al grupo de las 4 horas.
El cansancio hacía su doloroso trabajo en nosotros, las piernas no respondían a los estímulos de la cabeza, la cabeza ya no era capaz ni de pensar en retiradas ni rendiciones, cuando de repente vislumbramos el recinto Expo, sabíamos que la meta estaba ahí, que sólo nos quedaban 2 kilómetros y lo habríamos conseguido. Volví a ver a mi padre animándonos a gritos, haciéndonos ver que lo que nos quedaba era pan comido, pero el hombre del mazo nos había golpeado ya allá por el kilómetro 36 y nos faltaba lo duro, la lucha contra nosotros mismos, contra el cansancio, el dolor y el pesimismo.
Animándonos el uno al otro, más él a mi que yo a él... Nos plantamos en el kilómetro 42, nos quedaban 200 metros en una recta abarrotada de gente aplaudiendo, reconociendo el esfuerzo que habíamos hecho.
Y por fin, llegamos, 42 kilómetros y 200 metros en 3 horas y 55 minutos, lo habíamos conseguido, ya no había dolor, ni pesimismo, sólo abrazos y felicitaciones, sonrisas al descubrir que habíamos sido capaces de retarnos a nosotros mismos y conseguirlo.
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| Llegada a meta abrazado con Javier Sesé, tiempo real 3:55:21 Fotografía: archivo. |
Cuando acabas no lo piensas, tienes que esperar a estar tranquilo, sin el bullicio del gentío, para darte cuenta de que has terminado una carrera muy larga y muy dura, a pesar de que tu cabeza pensaba lo contrario, a pesar de esos comentarios que te quitaban todo atisbo de esperanza. Te das cuenta de que puedes, de que hay que ser positivo y luchar por lo que quieres conseguir.
De que tu límite no está dónde los demás quieran, sino dónde tu quieras.
Yo pude descubrir que mi límite no está en la maratón, que soy capaz de correr esos 42 kilómetros y 200 metros. Y que soy capaz de luchar contra mi cabeza y los pensamientos negativos.
¿Cuál será mi próximo reto? Próximamente se sabrá....
A. López.
A. López.
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